El
cuerpo es el gran olvidado de los tratamientos cosméticos.
Durante el invierno lo escondemos y durante el verano
lo sometemos a todo tipo de agresiones.
Aunque la piel del cuerpo está más protegida
que la del rostro no por ello se libra de los efectos
del clima y las sustancias químicas. Los hábitos
de vida sanos, la exfoliación, la hidratación
y la constancia son los requisitos fundamentales de cualquier
método integral de belleza corporal.
La llegada de la primavera nos recuerda los excesos a
los que hemos sometido a nuestro cuerpo durante el periodo
invernal y es también el momento ideal para comenzar
a cuidarlo y ponerlo a tono. Los rayos solares, el viento
y el frío así como las aguas y los jabones
resultan muy agresivos para la piel del organismo, factores
negativos a los que se añaden los cambios de peso,
el embarazo y la ausencia de regularidad en los cuidados.
El
mejor tratamiento de belleza corporal es pues -y desde
luego el primer pasó en cualquier sistema o método
que se siga- la higiene. Una buena limpieza no sólo
proporciona una sensación física placentera
sino que es también la vía para prevenir
infecciones dérmicas. Las normas de higiene corporal
deben enseñarse desde la infancia. Convertirlas
en un hábito es sencillo si se comienza desde las
más tempranas edades.
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¿Baño
o Ducha? |
La
ducha resulta más aconsejable para producir una
mayor tonificación del sistema sanguíneo
y la piel. Si utilizamos agua fría el efecto será
estimulante; si el agua es caliente, relajante. El baño,
por su parte, incrementa la transpiración y destensa
los músculos. Es el método de higiene más
adecuado para combinarlo con aceites esenciales que, disueltos
en el agua, actúan tanto por difusión a
través de la piel como por inhalación. Por
encima de los 40º, sin embargo, el baño pierde
sus virtudes terapéuticas y deshidrata la piel.
Para
un baño tonificante lo mejor es disolver en el
agua esencias de menta, lavanda, romero, salvia o pino.
Si lo que perseguimos es un efecto relajante usaremos
esencias de eucalipto, camomila, tilo, naranja o verbena.
Y si lo que deseamos es potenciar sus propiedades terapéuticas
nos decantaremos por las sales minerales del Mar Muerto
que incluyen magnesio, potasio, calcio, sodio y silicio.
Todas
las grandes firmas cosméticas tienen sus propias
líneas de baño. El apartado de los jabones
puede ser una buena muestra de esta variedad. Los hay
sólidos, líquidos, geles, espumosos y cremosos
pero todos ellos parten de un mismo principio presente
en los jabones clásicos: la combinación
de un alcalino (sosa cáustica en los jabones duros
y potasa en los blandos) con cuerpos grasos de origen
animal o vegetal (aceite, sebo) a los que se añaden
sustancias suavizantes y nutritivas como el aceite de
almendra o la glicerina.
Un
jabón debe ser lo más puro posible, espumoso
y detergente. Los modernos jabones cosméticos constituyen
una proeza de la técnica ya que consiguen que el
perfume, cuya presencia suele ser del 2-3%, no se degrade
al contacto con los elementos jabonosos. En la actualidad
los jabones de más aceptación son los elaborados
a base de té verde.

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Exfoliación
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La
exfoliación es un fenómeno natural. Nuestras
células nacen en la dermis y de allí suben
a la superficie para morir y ser eliminadas. La descamación
progresiva del cuerpo termina formando una capa de células
muertas sobre la piel que impide que penetren los principios
activos de cualquier tratamiento cosmético que
nos apliquemos.
Las
células muertas de la capa córnea necesitan,
por tanto, ser eliminadas periódicamente.
Para
ello se utilizan productos exfoliantes que no sólo
arrastran esas células inertes sino que además
extraen los residuos orgánicos y las impurezas.
Una exfoliación es una limpieza profunda que renueva
la epidermis, atenúa las arrugas, proporciona mayor
suavidad e incrementa la permeabilidad de la piel que
atrapa mejor las sustancias hidratantes o nutritivas que
usemos posteriormente.
La
eficacia de un exfoliante no depende de la fuerza con
que se aplique sino de la regularidad en su uso. No sirve
de nada frotarnos la piel hasta enrojecerla cada medio
año. La exfoliación ha de practicarse con
frecuencia (una vez cada 10-15 días es una buena
pauta) y el producto se extenderá, con la mano
o con una manopla, mediante movimientos suaves en sentido
circular poniendo especial atención en las zonas
rugosas como tobillos, rodillas y codos así como
en la espalda, proclive a la acumulación de grasa
y espinillas.
Los
exfoliantes contienen diminutas bolitas o microesferas
que liman las rugosidades y arrastran las células
sin vida. Su acción es siempre superficial y no
penetran en las capas profundas de la dermis. Lo mejor
es aplicarlos sobre la piel ligeramente húmeda
ya que así el producto se desliza mejor. Pueden
presentarse con textura de gel o de crema; los primeros
son más frescos y los segundos más suaves.
Existe también un tipo de producto exfoliante que,
además de sus funciones propias, actúa como
gel de ducha.

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Hidratación
y Firmeza |
Cuando
nuestra dermis ha sido liberada de las células
muertas superficiales llega el momento de aplicarnos productos
hidratantes. La piel hidratada se distingue por una superficie
suave, lisa y satinada, firme pero elástica. Puesto
que la piel actúa como muralla defensiva contra
las agresiones externas su película hidrolipídica
se deteriora y con el paso del tiempo disponemos de menos
agua en la capa superficial de la epidermis.
Si
la piel de nuestro cuerpo está sedienta, los síntomas
de sequedad aparecerán pronto en forma de asperezas
y rugosidades; la piel pierde entonces flexibilidad y
adquiere una tonalidad apagada. Los dermatólogos
recomiendan que el uso de cremas hidratantes corporales
se convierta en un hábito desde la adolescencia.
Aunque a esas edades nuestra piel todavía retiene
mucha agua la simple ducha diaria provoca que vayamos
perdiendo nuestra película protectora.
Tras
el baño o la ducha, cuando la piel todavía
está tibia y húmeda, es el mejor momento
para aplicar la crema hidratante que extenderemos mediante
suaves masajes ascendentes desde los pies hasta el torso.
La elección del tipo de producto depende de los
gustos del consumidor y el mercado ofrece hidratantes
en diferentes formulaciones: cremas, aceites, lociones,
leches e, incluso, gel con elementos hídricos incorporados.
La utilización diaria de una hidratante debe ser
un hábito ineludible desde la adolescencia; no
sólo contrarrestar la sequedad producida por causas
externas e internas, sino que además restablece
la película protectora de la piel que inevitablemente
se pierde en la ducha diaria.
Aunque no es exclusiva de la edad adulta la pérdida
de firmeza corporal es consecuencia natural del envejecimiento
pero también de los cambios drásticos de
peso. Para recuperar firmeza podemos recurrir a la estimulación
mecánica mediante el ejercicio físico -que
tonifica la masa muscular y tensa los tejidos- y/o mediante
el masaje. Un masaje corporal casero, que no cuenta con
las manos expertas de un profesional, debe consistir en
presiones no demasiado intensas y que no desplacen los
tejidos pero que activen la circulación linfática
y sanguínea. Algunas marcas han sacado su propia
línea de aparatos de masaje que potencian la acción
del producto aplicado y aceleran la nutrición celular.
Los
reafirmantes corporales que ofrece el mercado proporcionan
discretos resultados siempre que se utilicen con regularidad.
En todo caso, a partir de los 30 años deben combinarse
con el uso de una hidratante. Muchas de las cremas que
podemos encontrar con la etiqueta de "adelgazantes"
no solucionan en la práctica el exceso de peso
si bien poseen un efecto reafirmante e hidratante. Generalmente
se trata de cremas o geles que contienen sustancias liporeductoras
que rompen las moléculas grasas en minimoléculas
más sencillas de eliminar. Los principios más
utilizados con esta finalidad son la cafeína y
elementos activos vegetales como las algas, rosa mosqueta,
aceites naturales, el abedul, la hiedra y el marrón
de India.

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Transpiración
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Transpirar
es una función indispensable para el organismo.
Regula nuestra temperatura, la mantiene dentro de unos
márgenes constantes y ayuda además a eliminar
desechos y toxinas.
Dos
tipos de glándulas en nuestro cuerpo son las responsables
de la secreción del sudor: las ecrinas, pequeñas
glándulas termorreguladoras; y las apocrinas, de
mayores tamaños y localizadas en las axilas, cuya
actividad guarda estrecha relación con los sistemas
nervioso y hormonal.
La
limpieza diaria no es suficiente para combatir la secreción
natural de sudor. Por eso el desodorante se ha convertido
en un producto básico, ya no de belleza sino de
higiene. Los desodorantes se presentan en tres grandes
familias: los bactericidas, aconsejados para transpiraciones
normales y que atacan a las bacterias que se instalan
en la superficie de la piel; los absorbe-olores, ideales
para pieles con poca transpiración; y los antitranspirantes,
para personas que sudan abundantemente puesto que regulan
la transpiración sin llegar a bloquearla, lo que
resultaría nocivo para el organismo.

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Adelgazantes
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Son
el producto "milagro" por excelencia: se utilizan
dos o tres veces al año, siempre antes del verano,
esperando que ellos solos solucionen los problemas de
exceso de kilos, pero estos no quitan kilos, lo más
que hacen es reducir centímetros. Lo que sí
es verdad es que aumentan la firmeza y tonicidad de la
piel y favorecen la circulación sanguínea
(con lo que eliminan mejor las toxinas); al mismo tiempo
hidratan, por lo que la piel se vuelve más lisa
y más elástica.
Generalmente, estas cremas contienen sustancias lipo-reductoras
destinadas a convertir las moléculas de grasa en
minimoléculas fáciles de eliminar. La sustancia
más utilizada es la cafeína, aunque también
se utilizan activos vegetales (algas, marrón de
India, abedul, hiedra) reconocidos por sus propiedades
tonificantes y desinflantes.
Algunos
datos más para su cuidado